De qué va el amor

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Tras un tiempo de silencio en el blog, vuelvo con aires renovados, con experiencias vividas, y con mucho llorado. Por ello en este nuevo post os hablo desde lo personal, más que lo profesional. Y es que supongo que cuando se habla de amor, es difícil dejar de lado el papel que ha tenido éste en tu historia de vida.

He perdido la esperanza en el amor incondicional, y menos mal. Con los años he aprendido que el amor ha de saber de condiciones, y que no existe un “amor sano” y un “amor insano”. El amor (si me permitís lo llamaré romántico, para diferenciarlo del amor paternal o fraternal, incluso de la amistad) del que os hablo, sólo existe de una manera, y es en la que aporta bienestar. Cuando el malestar está presente en una relación, es cuando hablamos de relaciones insanas, tóxicas o que murieron hace tiempo y vivimos sobre su tumba. Y es el miedo quien mueve los hilos de las mismas. ¿Y el miedo a qué? El miedo a la soledad nos mantiene en relaciones que no funcionan; el miedo al abandono nos hace ser complacientes y poner siempre la otra mejilla; el miedo al fracaso nos hace sobreesforzarnos en una relación donde el otro no da nada; el miedo nos permite sobrevivir, pero eso no es vivir.

En general, creo que el miedo a ser unx mismx es lo que nos hace permanecer en relaciones dónde no se sabe bien dónde empieza uno y dónde acaba el otro, donde te pierdes en los enredos del otro, en los proyectos del otro, en la vida de otro que no eres tú…

Hoy puedo decir que salí de una relación de dependencia, donde creía que ambos estábamos sintiendo amor en estado puro. El miedo a muchas cosas de mí misma que desconocía, me hizo centrarme en alguien que estaba aún más asustado que yo. Todo se difuminó: la pasión con la obsesión, la protección con el control, la libertad con el libertinaje, el espacio personal con la despreocupación, el compromiso con la posesión,… Todo esto sacó lo peor de mí, mis peores temores e inseguridades. Llegó a tal punto el descontrol de mí misma, que me dejé golpear. Y tras la primera vez, se desmontaron mis esquemas mentales, y todo eran dudas, algunas de lo más absurdas. ¿Las personas fuertes/inteligentes/cultas se dejan golpear? ¿Puedes querer tanto a alguien que se te escape de las manos lo que haces por mantenerla a tu lado? ¿Si lo cuento me juzgarán? ¿He provocado yo esto?

Me llegué a cuestionar si todo lo que había pasado era simplemente fruto de mi imaginación, y el perdón estaba a la orden del día. Pero el perdón no es poner la otra mejilla literalmente, y eso es lo que yo hacía. Supongo que debí haberlo parado en el primer golpe. De hecho, supongo que debí haber acabado con esa relación mucho antes del primer golpe. Pero no lo hice, y fueron unos cardenales los que me hicieron quitarme la venda de los ojos, secarme las lágrimas con ella y poder mirar a la cara a mis miedos. Lo siguiente no fue más fácil que lo anterior, pero al menos fue más esclarecedor. Respondí mis dudas y vi que es muy difícil encontrar un apoyo en esto que dure más de cinco minutos.

No hay un perfil del prototipo de persona que golpea y de quien es golpeada. Como os he dicho, el miedo mueve los hilos de las relaciones donde hay maltrato, y el miedo no entiende de clases, de culturas (ni inculturas), de economía. Y ojo, también creo en el poder de la gente para cambiar, tanto quien hace daño como quien es dañado. Pero lo primero que hay que hacer para poder cambiar, es afrontar tus miedos.

El amor no son celos. El amor no es rencor. El amor no es posesión. El amor no es dependencia. El amor no es sexo. El amor no es compañía. El amor no es control. El amor no es miedo. El amor no es maltrato.

La verdad es que no tengo muy claro de qué va el amor, sólo sé que quiero que vaya conmigo.

 

Eva Molero

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